Cómo le conté a mi marido y a mi novio que estoy saliendo con otro hombre

Cómo le conté a mi marido y a mi novio que estoy saliendo con otro hombre
No necesitaba otro hombre en mi vida. Ya tenía un esposo y un novio. Ya contaba con chicos que podía cogerme cada vez que quisiera. Ya tenía suficientes hombres.
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Tenía que hacer una confesión. A mi marido, Alex, y a nuestro novio, Jon. Estaba bastante seguro de que estaba teniendo una aventura, y estaba bastante seguro de que iba contra las reglas de nuestra relación abierta.

Su nombre es Conor. En un inicio, se supone que sólo era un tipo al que me cogí un domingo por la tarde en el Faultline, el bar gay en Los Ángeles donde trabajo como guardia de seguridad. Desconocía en ese momento que me sentía atraído hacia él; sólo estaba impresionado por su manera de ligar.

De la nada, Conor se deslizó a mi lado y empezó a hablarme, en una voz demasiado baja para escucharlo. Seguía acercándome a él y le decía “¿Qué? No puedo escucharte”. Finalmente, cuando estaba justo a su lado, me dijo “Nada. Sólo quería acercarte a mí”.

Hablamos durante unos minutos, y luego lo llevé al vestidor. El domingo siguiente cogimos en el baño.

Sólo iba a ser una cogida. Eso era todo.

No necesitaba otro hombre en mi vida. Ya tenía un esposo y un novio. Ya contaba con chicos que podía cogerme cada vez que quisiera. Ya tenía suficientes hombres.

Enamorarme de Jon me enseñó que mi capacidad para amar a otras personas era infinita, y que cuanto más amor experimentaba, mayor era mi amor por Alex. Alex es mi alma gemela, mi marido y mi mejor amigo. También sigue siendo el hombre más sexy que haya visto nunca.

Cuando empecé a salir con Alex, quería ser la única persona que amara, la única persona que quisiera, el centro de su mundo. El problema con ese escenario es que nunca fui capaz de devolver el favor. He puestos los cuernos en todas las relaciones que he tenido.

Madurar significaba ser honesto sobre quién soy, que a su vez significaba que tenía que aprender a aceptar a mis parejas por lo que eran, incluso si era incómodo de llevar a cabo. Significaba aceptar que no iba a serle fiel a una sola persona, y aprender a ser honesto sobre ese tema con la gente que amaba.

Fue fácil contarle a Jon sobre Conor. Jon estaba en Los Ángeles, viviendo conmigo tiempo completo, mientras que Alex estaba en Spokane, Washington, durante seis meses, trabajando en un programa de televisión, sujeto a un tortuoso horario de producción. Con frecuencia no estaba disponible para las conversaciones necesarias. Jon es diferente a Alex y a mí: es más sencillo, tiene menos necesidad de estar en control. Alex y yo somos alfa: territoriales.

Jon me dio ánimos. Disfrutaba viendo el desarrollo de mi nueva relación. Y eso significaba que tenía alguien con quien compartir mis temores y ansiedades.

Planeaba pasar una fin de semana en Spokane para celebrar con Alex su cumpleaños. Había alquilado una casa grande, para poder estar a solas. Sabía que si dejaba pasar más tiempo sin ser honesto entonces volvería a ser un tramposo.

Probablemente pelearíamos, y nuestras peleas pueden ser épicas. Pero también tendríamos conversaciones interminables, y me encantaban nuestras conversaciones sin fin. Me encantaba permanecer despierto toda la noche con Alex, simplemente hablando.

Nada importaba si yo no podía compartir mis sentimientos acerca de Conor con Alex, pero tenía miedo.

Recientemente, las cosas han sido difíciles entre nosotros. Siempre había pensado que Alex y yo éramos buenos para permitirnos ser quienes somos, para salir y experimentar el mundo como individuos y no como personas atrapadas dentro de los confines de un matrimonio. Pero teníamos miedo de no ser amados, de no ser lo suficientemente buenos, de ser abandonados. Nos obligábamos el uno al otro a entrar en moldes que no se ajustaban a la realidad de nuestras personalidades. Tratábamos de cambiarnos el uno al otro con base en nuestras propias necesidades e inseguridades.

Creía que si podíamos romper ese patrón entonces tal vez podríamos amarnos unos a otros por quienes éramos, y no por quien queríamos que fuera el otro. Alentarnos a ser nosotros mismos al máximo, incluso si eso nos diera miedo.

Es por eso que no estaba dispuesto a renunciar a Conor. Cuando finalmente decidí permitirme ser quien soy, se abrió una puerta para permitir que Alex fuera quien es. El matrimonio ya no significaba poseer a mi marido. Ya no significaba ordenarle quién era o en quién se iba a convertir. No tenía derecho a decirle cómo vivir su vida y él no tenía derecho a decirme cómo vivir la mía.

De camino a Spokane, mi vuelo se retrasó en Salt Lake City. Me imaginé todos los posibles resultados de la conversación que estábamos a punto de tener. Pensé en pleitos dramáticos y descomunales llenos de gritos. Imaginé que me marcharía enojado. Alex tiraría mi equipaje por la ventana. Acabaríamos cogiendo en el pasto, con toda la ciudad de Spokane alentándonos.

Cuando por fin vi a Alex afuera de la terminal, pensé que iba a llorar. Siempre me siento así cuando no lo he visto en mucho tiempo. Todo el vacío de su partida llenándose de repente con su presencia. De pronto me sentí en casa y seguro.

Nos sentamos en el Satellite Diner en el centro de Spokane, rodeados de chicos hetero ebrios y sus aún más ebrias novias.

“Tengo que decirte algo”, le comenté. “Pero no quiero”. Las palabras que finalmente pronuncié carecían de aquella poesía que había imaginado que evocarían. ¿Dónde estaban todas las frases que había practicado? ¿Las hermosas líneas que condensaban mi amor por él? De repente empecé a dudar de mi convicción.

“Uh oh”, dijo Alex.

Le conté todo. Hablé durante 30 minutos seguidos.

Cuando terminé, cuando todo había sido revelado, simplemente dijo “mmm. Está bien”, y tomó un bocado de sus panecillos con salsa de carne.

“Bebé, ¿estás enojado conmigo?” Le pregunté.

“Tal vez. Claro, estoy molesto. Pero no contigo. Sólo que no es lo que quiero oír”.

Fue entonces que me habló de Greg, que vive en Los Ángeles. Él y Greg habían conversado. Había estado pensando que le gustaría invitar a Greg a Spokane para pasar un fin de semana.

Le tomó a Alex cuatro minutos decir todo lo que tenía que decir. Cuatro minutos contra mis treinta. El hombre es sucinto.

Me imaginé a Greg y Alex pasando un fin de semana juntos. Me permití sentir dolor y luego ira, pero esas emociones sólo duraron unos segundos. Lo que las reemplazó fue felicidad por mi marido. Y empatía: estaba solo en Spokane. Era difícil estar lejos de mí y Jon, de su vida. Me sentí contento de que hubiera alguien más ahí para cuidarlo. Quiero que Alex tenga todo el amor del mundo. Entre más personas haya para abrazarlo, más seguro estará.

Le deseo eso a todos. A Alex y Jon, y a Conor también. Quiero que sean amados y felices. Ya no tenía que ser yo al único que quisieran, al único que amaran. Entre más gente tengamos, entre más amor, más sexo, más amistad, abrazos y besos, más seguros estaremos todos.

“Eso sería increíble”, le dije.

Alex estaba en silencio. Nuestra conversación estaba lejos de terminar. Nunca terminaría realmente. Tendríamos que hablar de esto otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Pelearíamos y aventaríamos cosas por la casa y cogeríamos y pelearíamos y cogeríamos otra vez. Sin importar lo que hiciéramos, lo haríamos juntos. Esta vida es nuestra vida, y estamos juntos en esto.

Alex extendió su mano sobre la mesa para sostener la mía.

“Me alegro de que estés aquí, bebé,” dijo. “Te he echado de menos. Te he extrañado mucho”.

Fuente y foto VICE

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