Testimonios de gente detenida en la frontera por portar mariguana

Testimonios de gente detenida en la frontera por portar mariguana

Los agentes de migración son expertos en oler el miedo, pero los perros antinarcóticos son Dios al momento de olisquear droga, por mínima que ésta sea.

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Cruzar la frontera México-Estados Unidos puede ser un viacrucis; más cuando se es un implacable consumidor de mariguana. ¿Qué pasa cuando los agentes de migración ―Customs and Border Protection, CBP― de la frontera más cruel y vigilada del mundo, detienen a un viajero con mariguana para uso personal?

Un grupo de personas detenidas por portación de mariguana al intentar cruzar hacia el estado de California —una de las doce entidades estadounidenses en donde es legal el uso médico de la planta— nos narran su experiencia; por supuesto, mientras se fuman un cigarro de mota.

Al final sabré que los agentes CBP son expertos en oler el miedo, pero los perros antinarcóticos son Dios al momento de olisquear droga, por mínima que ésta sea; para su olfato no hay fronteras.

Alberto, psicólogo

Hace tres meses crucé la frontera hacia California, para llenar el tanque de gasolina de mi auto y comprar un par de neumáticos; al día siguiente salía a carretera, hacia la playa, con mi familia. Eran las ocho de la mañana cuando llegué hasta el agente de migración con la seguridad de no llevar conmigo ningún tipo de bronca (mariguana). Por eso cuando me pidió que pasara a Inspección Secundaria ―área donde se realiza una inspección exhaustiva del vehículo con ayuda de perros antinarcóticos― no me preocupé. Tenía la seguridad de que sería una revisión de rutina.

Estacioné mi auto, abrieron las puertas y sin que me permitieran bajar, subieron al perro antinarcóticos. Comenzó a ladrar y a hacer escándalo; algo estaba mal, algo había olfateado y yo había valido verga.

“Baje del auto y ponga las llaves sobre el cofre”, me dijo uno de los agente de lentes oscuros; apenas las había dejado un policía llegó por atrás y me derribó de cara contra el parabrisas y me esposó. Recuerdo que llevaba guantes de licra color negro porque me agarró del brazo y me llevó caminando a unas oficinas en el segundo piso de la Garita Centro de Mexicali. “Quítese toda la ropa y quédese en calzones”, me dijo el agente; buscó droga en mi ropa, pero no encontró nada. Volví a cambiarme y me encadenó a una silla. Media hora después el agente de lentes negros entró a la oficina y mostró lo que había encontrado en el cenicero del automóvil: 0.1 gramo de mariguana; era como del tamaño de un mosquito. “Hay cero tolerancia para este tipo de casos”, me dijo, como si hubiera encontrado tres kilos de cocaína.

A un agente de migración latino, que son los más culeros, le pidieron que se ocupara de mi caso. Comenzó a tirar mierda en inglés diciendo que si no fuera por un pendejo como yo él estaría en su casa tomándose una cerveza. Pensó que no le entendía, pero soy profesor de inglés en preparatoria. Quedé bajo arresto. Me pasaron a un cuarto con muchos pollos ―indocumentados― que la patrulla fronteriza había detenido horas antes; me puse a platicar con ellos.

Quince horas después, a las once de la noche de un sábado, nomás quedábamos la televisión y yo; ya habían deportado a México a todos los demás. Terminé durmiéndome encadenado a una banca hasta las seis de la mañana del domingo. Dos opciones me dieron para mi situación: la primera, quedar detenido varios días e irme a juicio ―mi carro también se quedaría detenido como evidencia, o sea, mi familia no podría recogerlo―, con la posibilidad de librar los cargos y continuar con mi pasaporte; la opción dos, quedar libre en ese momento junto con mi auto, pero sin pasaporte para cruzar a Estados Unidos; decidí perderlo.

Dentro de cinco años puedo intentar obtener de nuevo la visa americana. Durante mi ausencia mi familia pensó que había tenido un accidente o que me habían secuestrado. Pasaron seis meses para que fuéramos a la playa.

Isabel, administradora de empresa

Un viernes de hace seis meses decidí cruzar por Tijuana a San Diego a cargar gasolina; más o menos a las ocho de la noche. La fila era corta, no había muchos autos. Al llegar mi turno le mostré al agente de migración mi pasaporte. “¿De quién es el auto?, ¿a dónde va?”, me preguntó; lo de siempre. “A comprar gasolina”, respondí con mucha seguridad. Observó con cuidado mi Wagoneer del 86, me miró a los ojos como tratando de leer mis pensamientos y colocó un papel color naranja debajo de uno de los wipers ―limpiaparabrisas―. “Pase a Inspección Secundaria”, me indicó. No era nada nuevo para mí, siempre me pasaban; creo que porque parezco gringa, pero hablando español norteño.

En Inspección Secundaria un agente de migración de origen filipino me pidió que apagara la camioneta. Me quedé viendo como un perro pastor alemán olfateaba las llantas de un auto estacionado frente al mío. Cuando tocó mi turno de revisión un agente anglosajón abrió la puerta del copiloto y el perro antinarcóticos se lanzó como loco sobre mi bolsa de mano que llevaba sobre el piso. Hice memoria y comprendí lo que pasaba. Lentamente me bajé del auto y me acerqué al agente de migración filipino y le dije: You know what, I think, I have some weed in my purse (sabes qué, creo tengo algo de hierba en mi bolso). Back off! Back off! (¡apártate, apártate!), me gritó el filipino como si yo fuera el diablo; el agente anglosajón me esposó las manos.

Fui llevada a una celda en donde dos mujeres sin maquillaje y con cara de perras me revisaron hasta los genitales en busca de mariguana. El reporte final fue: cancelación por diez años de visa de turista por posesión de 1.3 gramos de mariguana. “Maldita vanidad”, pensé. Todo por culpa de mi manía de usar una bolsa de mano distinta todos los días; nunca me acordé que en esa bolsa acebrada en azul y blanco había guardado un cigarro de hierba.

No me dejaron libre esa noche. Permanecí encadenada a una banca donde medio dormí. Supuestamente hay un tratado con México para no liberar a mujeres de noche por cuestiones de nuestra propia seguridad; pinches medidas rayan en lo sexista.

A las seis de la mañana me deportaron. Regresé manejando a México triste, emputada y sin pasaporte. Pero ahí no acabado todo, debía pagar a Estados Unidos quinientos dólares de multa. Un agente de migración, que hasta eso muy amable, me explicó antes de que me deportaran que la multa la podría pagar cuando volviera a tramitar mi pasaporte. “Bueno, faltan diez años para eso”, pensé y me sentí tranquila.

Cada que mis papás querían viajar a Estados Unidos tenía que inventar un pretexto para no acompañarlos. Creí que podría engañarlos durante varios años, pero a los dos meses del suceso llegó una carta a mi casa en donde el gobierno de Estados Unidos exigía el pago de la multa por quinientos dólares. Ese primer cobro lo intercepté yo, pero el segundo lo recibió mi papá; fue un escándalo, casi me madrea.

Al final mi papá pagó la multa con un cheque que envió por giro postal a unas oficinas en San Diego. Como yo no trabajaba despidieron a la sirvienta. Me castigaron poniéndome a limpiar la casa por un par de meses hasta reponer con trabajo los quinientos dólares. De nuevo tenemos sirvienta.

Lola, estudiante de música

En octubre del año pasado crucé por Tijuana a San Diego con una amiga. Justo cuando faltaban cinco autos para llegar con el agente de migración inició el rondín entre los autos que “los migras” —agentes de migración— realizan con los perros que olfatean todo tipo de drogas. Noté que de otras filas de autos estaban mandando a varios a Inspección Secundaria; a mí también me enviaron.

Un agente afroamericano nos pidió que bajáramos del auto. Subió a la mascota antinarcóticos: olfateó debajo de los asientos, en el tablero, las puertas; de pronto se sentó en el asiento del copiloto y se quedó muy a gusto, como si estuviera tomando el sol ―cuando los agentes caninos huelen droga, avisan quedándose sentados o raspando la ubicación con una de sus patas―. Por los nervios sólo atiné a hacer bromas con mi amiga de que dos horas antes había estado fumado mariguana en el auto; de todos modos no creía que el olor hubiera permanecido tanto como para que el perro lo detectara.

“No se muevan y dejen de hablar”, nos dijo el agente de migración afroamericano. Nos quedamos calladas y escuchamos que le explicaba a otro agente que había encontrado una semilla de mariguana, pero que no era suficiente para detenernos o quitarnos el pasaporte. Creo que pensaba que no entendíamos el idioma porque nos dijo, según él, en español: “vamos a retirar la visa señorita”. Como que nomás quería asustarnos. “¿Fumaste mariguana?”, me preguntó. “Hace días, pero no traigo nada en este momento”, contesté, pensando que estaba exagerando la situación. El agente negro se puso como loco y comenzó a gritar que no éramos un buen ejemplo, que queríamos burlarnos de la autoridad y de su país. Estuvimos una hora detenidas. Al final nos devolvió nuestras visas americanas y nos advirtió que la próxima vez que intentara cruzar lavara mi carro antes.

Pudimos continuar nuestro camino. Desde entonces no he vuelto a Estados Unidos, me da miedo que salga un reporte de mi pequeño arresto y me vuelvan a detener. Menos ahora que Trump nos odia tanto a las mexicanas.

Kenia, secretaria bilingüe

Hace unos meses uno de mis mejores amigo me pidió que lo llevara a la garita de Caléxico, California, a sacar su permiso de internación para ir a Los Ángeles a un concierto de jazz. Prometió que me pagaría con una deliciosa hamburguesa del Jack In The Box. Nos dirigimos tranquilamente a la garita e hicimos la inmensa fila. Como íbamos muy mariguanos nos compramos unas Sabritas y un refresco. Cuando por fin llegamos con el agente, nos preguntó con su español mal pronunciado: “¿qué troae de mexicou?”, contesté que no llevaba nada ilegal y que estábamos ahí porque mi amigo necesitaba sacar su permiso. Me colocó un papel anaranjado en el parabrisas y me dijo: “pase a segunda revisión, ahí le indicarán a dónde ir”.

Como hacía mucho frío mi amigo y yo pasamos a una pequeña oficina. Media hora después mi amigo tenía en sus manos su permiso de internación. Salimos de la oficina y le dije a mi amigo que quería acariciar a uno de los perros pastor alemán que están entrenados para encontrar droga; mi amigo me dijo que si lo tocaba me comería y después me cagaría. Yo solamente reía, era muy gracioso. Me acerqué al pastor alemán que estaba en una jaula y me ladró insistentemente, pero no me asusté y jugué con él por unos momentos. Salimos de la aduana y nos dirigimos a las hamburguesas. Pedimos un combo número ocho para cada uno y fui al baño a lavarme las manos. Al abrir mi bolsa y sacar la bolsa de maquillaje salió volando una bolsa de mariguana junto con una pipa color morado. En ese momento, entendí por qué el perro me ladraba tan insistentemente. No entiendo cómo libré la situación.

Hace unas semanas crucé la línea fronteriza caminando, dispuesta a comprar munchies de chocolates a un dólar. Aún faltaban varias cuadras cuando abrí mi cartera para asegurarme de traer mi visa americana y ¡oh sorpresa! Encontré dos nuggets —trozos— que mi novio me había obsequiado días atrás; era de esa morada que siembran en las montañas de Tecate; con una hit —fumada— alcanza para una tener una sonrisita por dos horas. Como no pensaba tirarla opté por dejar una parte escondida debajo de un bote de basura y la otra comérmela. Llegué con el agente de migración, miró mi foto y me dijo que podía pasar. Recuerdo haber sonreído, tal vez con hierba en los dientes. Cuando regresé a Mexicali sentía los ojos rasgados de tan drogada que estaba. La mariguana que dejé bajo el bote de basura la había orinado un vagabundo. Esta vez no libré la situación.

Sergio, artista plástico

No puedo volver a Estados Unidos hasta que pasen cinco años. Todo sucedió hace seis meses. Estuve en una fiesta fumando mota y mi ropa, al parecer, quedó totalmente impregnada. Al día siguiente desperté temprano, crudísimo. Acompañaría a mi mamá y a un hermano a un centro comercial en Coachella, donde hacen el evento mundial de música. Hicimos fila de una hora y como hacía mucho calor llevábamos el aire acondicionado prendido y los cristales cerrados. Mi hermano iba manejando, no sé de qué nos miró cara el agente de migración, pero sin decirnos algo, nos pasó inmediatamente a Inspección Secundaria. Nos bajaron y de una jaula sacaron a un perro que subieron a nuestro auto para que buscara droga. Pero apenas el perro pasó junto a mí se levantó en dos patas y a punto estuvo de tumbarme. Estaba seguro de no llevar droga, pensé que todo estaría bien, hasta que me colocaron las esposas frente a mi familia, como si fuera un narcotraficante.

Pasé detenido doce horas en una oficina llena de polleros en la Garita Centro de Mexicali. Como era sábado por la mañana nos pusieron en la televisión el programa, Sabadazo; uno donde al principio salía Latin Lover y Maribel Guardia.

Ya era de noche cuando un agente de migración cortó mi pasaporte con unas tijeras. Y eso que sólo olía a hierba, ni siquiera llevaba una semilla. Por supuesto mi mamá y mi hermano cuando vieron que me arrestaban continuaron con su viaje al centro comercial. Me abandonaron a mi suerte por la decepción que les provoqué. Una semana después mi mamá me corrió de la casa. “Nunca hubiera imaginado que eras un drogadicto”, me dijo. Ya me dejaron volver de nuevo porque entré de nuevo a la universidad.

Néstor, comerciante

Esto pasó hace un tiempo. Tenía veintidós años y me valía verga todo; me había salido de la preparatoria para trabajar de cantinero en un bar. Un fin de semana que me tocó descansar. Le pedí el auto prestado a mi mamá para recoger a unos amigos que llegaban de Ensenada; me habían prometido mariguana morada súper pegadora y apestosa. Todo el fin de semana los anduve paseando por la ciudad de Mexicali, fumando mariguana y bebiendo cerveza; hasta hacíamos cámaras de humo cerrando las ventanas del automóvil. Llegó el lunes y antes de irme a trabajar mi mama me pidió que la llevara a la ciudad de Caléxico, California a comprar la comida de la quincena. Por supuesto que ella no sabía del cagadero que había hecho el fin de semana dentro del auto; ni tiempo tuve de limpiarlo, por eso el carro olía a “chamarra de Bob Marley”.

Pensé que todo estaría bien, pero para mi puta mala suerte seis autos antes de llegar con el placa —agente de migración—, comenzó el rondín que los agentes realizan con perros antinarcóticos entre los autos. La pobre de mi mamá no sabía que yo fumaba mariguana todos los días. ¡Puta madre! Faltando dos ranflas —autos— para llegar con el agente de migración, el puto perro se para por fuera de la puerta de mi lado y comienza a mover la cola como pendejo. “Ya valió verga”, pensé.

De repente cinco agentes de migración nos rodearon. “Apague el auto y bájese”, me ordenó un agente de origen mexicano en un español que sonaba a inglés. Apenas lo estaba apagando cuando metió su brazo, tomó las llaves, abrió mi puerta y me pidió que me tirara al pavimento boca abajo. El hijo de su puta madre me sometió poniéndome presión con su peso en los brazos y la espalda mientras que a mi mamá la bajaron amablemente. A los dos nos llevaron a una oficina en donde nos esposaron a unas bancas. Mi mamá tenía sesenta años, estaba muy asustada. Junto a nosotros estaban dos hombres y un niño de Morelia que habían sido detenidos con papeles migratorios falsos. Solamente a mí me pasaron a una celda y me desnudaron. Tuve que ponerme en noventa grados y abrirme con las manos las nalgas y toser para que saliera la droga que supuestamente tenía escondida en el culo; también me revisaron los zapatos y la ropa; son muy cabrones y estrictos en ese pedo. A mi mamá solamente la revisaron por arriba de la ropa. Estuvimos detenidos cuatro horas mientras desmantelaban el automóvil buscando la droga que había olfateado el perro.

Finalmente nos devolvieron las visas americanas y el automóvil. Nos explicaron que había sido un error del perro antinarcóticos. Pudimos seguir nuestro camino a comprar la comida de la quincena. Hasta la fecha el carro está guango y con sonido extraños.

Andrea, diseñadora gráfica

Fumo mariguana a diario, pero no antes de cruzar a Estados Unidos. De todas formas tomo mis precauciones. Cruzar a Estados Unidos es todo un ritual: siempre debo lavar y aspirar mi carro, sobre todo cuando fumé mientras manejaba en días anteriores; también trato de usar ropa limpia para que no huela a hierba, aparte reviso mi bolso de mano. Principalmente lo hago para cuidarme de los perros antinarcóticos. Normalmente cuando cruzo a El Centro, California, es para visitar a una prima. Fumamos mariguana de diseño que es muy potente y hasta me regala un poco. De regreso a México es fácil llevar mariguana; mis amigos que viven “al otro lado” me traen cuando vienen a pasar el fin de semana a Mexicali.

Hace poco a mi hermano, que también fuma mariguana, le quitaron la visa americana al querer cruzar la frontera para ir a San Francisco a una exposición de arte en la que participaría. Uno de los perros antinarcóticos le halló medio cigarro que se le olvidó sacar del cenicero. Iba con uno de sus amigos, pero a él no le detuvieron la visa. Está en un tratamiento en San Diego por cáncer de testículo. Se portaron humanitarios con él.

Angie, arquitecta

Uno de mis mejores amigos me pidió que lo llevara San Diego, California, a realizar unos trámites. Nos dirigimos a la Garita de San Ysidro para cruzar. El agente de migración me pidió la tarjeta de circulación del auto, pero se lo había prestado a mi cuñado y lo habían multado con la tarjeta y no la traía y por eso me mandaron a Inspección Secundaria. En mi bolsa tenía basurita de mariguana y un perro antinarcóticos la olió. Nos tuvieron dos horas en celdas separadas
mientras revisaban mi auto. Las agentes de migración revisaron mi ropa y me dieron un manoseo leve. Traía un encendedor en la bolsa del pantalón. “So you smoke?, what do you smoke?”, me preguntó una agente. “Camels”, le contesté. Me pegaron una regañada dentro de la celda, querían que sintiera que era la mierda más grande del mundo.

Soy ciudadana estadounidense, pero mi amigo solamente es emigrado, tiene la green card —tarjeta de residencia— o sea, no tienen derechos, sólo puede trabajar, vivir y estudiar; es más, él no fuma mariguana, solamente toma whisky. Por eso el trato conmigo no fue tan culero como con él, porque soy ciudadana; lo amenazaban con deportarlo a México si la basura de mariguana que traía en mi bolsa excedía cierta cantidad. Al final nos dejaron ir y un agente que se miraba de alto rango nos pidió una disculpa; fue muy raro todo, aunque ya sé que a los gringo les gusta jugar al policía bueno y al policía malo.

Jorge, chef

En veinticuatro de diciembre del año pasado estaba dormido cuando el timbre del teléfono me despertó a las seis de la mañana. Un amigo me pedía que lo acompañara a Palm Springs a comprar licor y dos regalos navideños. Como sabíamos que la fila de autos por la Garita Centro de Mexicali duraría dos horas ―cuando vives en la frontera te vuelves experto en tiempo de espera―, decidimos fumar mariguana medicinal en una pipa que hicimos con una manzana roja; calculábamos que ese tiempo sería suficiente para que el humo y el aroma se disiparan.

Luego de casi dos horas estábamos a cuatro vehículos de que fuera nuestro turno de mostrar nuestras visas americanas. Inesperadamente de mi lado, que era el del copiloto, pasó un agente de migración con un perro antinarcóticos. Esto hace que mi amigo recuerde que en la bolsa pequeña de su pantalón de mezclilla trae medio cigarro de mota que se había estado fumando en una fiesta; apenas extrajo el envoltorio el tufo nos taladró las narices. Parta evitar problemas se tragó la bacha de mota y tiró por la ventana, al pavimento, el envoltorio de caramelo donde la traía envuelta; “asunto arreglado”, me dijo. Continuamos pendejeando con la última parte del “viajecito” hasta que miro por el espejo retrovisor que el agente y el perro antinarcóticos vienen de regreso, pero ahora del lado de mi amigo; no pasaron ni cinco segundos cuando el perro de raza labrador está intentando meterse por la ventana del piloto.

“¿Hace cuánto te toqueteaste —fumaste mariguana—, dime?”, preguntó encolerizado el agente pocho —los pochos son los mexicanos que viven en Estados Unidos; una de sus características es hablar combinando el inglés y el español— que traía al perro. Antes de que mi amigo pudiera responder, nos dijo: “Pasen a Inspección Secundaria”.

En ese momento todo se derrumbó. Pensé que por la noche mi familia se reuniría a festejar la Navidad con una borrachera épica; sentí nostalgia. Dos horas atrás estaba dormido y ahora estaba sin saber si pasaría una hora, un día o una semana en prisión. ¡Carajo! Debí dejar que el teléfono siguiera sonando.

Bajamos del vehículo para que un agente de migración afroamericano de ojos verdes y dos perros inspeccionaran dentro del tanque de gasolina, por debajo de los asientos, en la cajuela; debajo de nuestra lengua, dentro de nuestros zapatos. Mientras esto ocurría el agente de origen mexicano nos insultaba diciendo que éramos una vergüenza para la sociedad. Como buenos mariguanos estábamos cagados de miedo; al parecer seguíamos medio grifos.

“¿A dónde se dirigen?, ¿en qué trabajan?, ¿cuántos dólares llevan?, ¿han traficado drogas?” Nos preguntaba el agente pocho; una vez que terminó de interrogarnos y agredirnos, el agente afroamericano se acercó. Explicó en inglés que el perro debió alterarse porque fumamos en el auto; pero que aparte de eso, lo único que había hallado dentro del auto era una triste semilla de mariguana. Razón por la cual no veía necesario quitarnos nuestros pasaportes.

El agente de origen mexicano nos regresó nuestros documentos y nos pidió que diéramos las gracias al agente afroamericano por su indulto hacia nosotros. Aparte nos aconsejó que dejáramos de drogarnos a lo que explicamos que sólo era consumo recreativo. Nuevamente entró en cólera. “Lárguense o los arrestaré”, nos gritó.

Afortunadamente no pasó a mayores. Concluimos que el agente afroamericano debió fumar mariguana en su juventud y por lo tanto se puso en nuestros zapatos.

Fuente y fotos VICE

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