Ana Laura tenía veinte años cuando fue llevada a una de las muchas clínicas de “reconversión sexual” que operan ilegalmente en México. El precio por sesión gira en torno a los 900 pesos. Durante tres semanas, la víctima fue esposada durante horas en ropa interior y besada por custodios. El objetivo era hacerle “entender” que la unión de hombre y mujer era el único camino para crear una familia. Que lo que sentía por las chicas le acarrearía el destierro divino.

El caso de Ana Laura llegó el 2015 a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. A día de hoy, las llamadas “terapias de conversión” siguen formando parte de la realidad cotidiana de incontables personas LGBTI mexicanas. Alemania se convirtió hace unas semanas en el quinto país del mundo el prohibir estas prácticas, aunque solo para menores.

En América Latina las “terapias de conversión” siguen disfrutando de una gran impunidad. Ecuador las prohibió hace algunos años pero fracasó a la hora de erradicarlas. En Brasil, una jueza federal revocó la legalidad de la “cura gay”, pero el auge del ultraderechista Jair Bolsonaro ha aumentado la influencia de las iglesias evangélicas que a menudo se encuentran detrás de estas prácticas. En Chile, un proyecto de ley busca plantar cara a esta asignatura pendiente. Mientras tanto, en Colombia se calcula que una de cada tres personas LGBTI acude a estas autodenominadas “terapias”.

“La homosexualidad no es una enfermedad. La homofobia sí”. La frase forma parte de una de las secuencias más virales de Paulina de la Mora, la querida protagonista de la telenovela de Netflix La casa de las flores, que también puso el foco en el infierno que atraviesan quienes son sometidos a estas prácticas. El Senado mexicano tramita una prohibición de las llamadas terapias de conversión que, si pasa también el filtro de la Cámara Baja, podría ver la luz antes de final de año. Por su parte, la Ciudad de México está trabajando en su propia prohibición. Los textos legislativos todavía no son definitivos, pero podrían imponer importantes multas y varios años de cárcel.

Una campaña contra las “terapias de conversión” de la organización mexicana Yaaj

El capítulo mexicano de la organización LGBTI internacional It Gets Better es una de las voces más firmes contra estas prácticas. Su director ejecutivo, Alex Orué, dice a DW que muchos de los profesionales de salud mental en México son muy conservadores. Hace 30 años, el 17 de mazo de 1990, la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Pero muchos psicólogos y psiquiatras continúan ejerciendo con esa convicción.

En nombre de Dios

Orué pone el ejemplo del peso que tiene la Red Anáhuac, propiedad de los Legionarios de Cristo, en la educación privada de México. “Está documentado que en sus universidades enseñan que es posible cambiar la orientación sexual y la identidad de género”, apunta Orué. Otras veces, estas “terapias” se camuflan en centros de rehabilitación de alcoholismo y drogadicción.

“En la mayoría de los casos, estos centros están vinculados con iglesias cristianas”, añade el activista. Las víctimas son en su mayoría jóvenes de familias conservadoras. En el caso de comunidades religiosas, la presión no solo viene del núcleo familiar, sino que es todo el entorno, desde los padres hasta la escuela e incluso el vecindario.