La ceremonia oficial del Grito del 15 de septiembre del 2008, estaba programada para las 22:00 horas en punto, horario en el que el entonces gobernador del estado, Leonel Godoy Rangel, saldría al balcón principal del majestuoso Palacio de Gobierno, de la ciudad de Morelia Michoacán.

A las 22: 35 horas y luego de que el mandatario lanzó el último grito de “Viva México” y tocó en un par de ocasiones la campana de Dolores, se escuchó un estruendo que se mezclo con la algarabía y la música, por lo que la mayoría de la gente concentrada en el primer cuadro del centro de la ciudad, pero sobre todo en la Plaza Melchor Ocampo, confundió con el preámbulo de los coloridos juegos pirotécnicos.

En los 120 minutos siguientes todo fue caos y desolación; confusión y dolor. El gobernador michoacano recibió un informe en Palacio de Gobierno sobre los estallidos y detonaciones que habían ocurrido en algún lugar de la Plaza principal de la ciudad y de otra detonación fuerte que registraron cuatro calles abajo del mismo centro histórico, a la altura del Templo de Las Mercedes, en la calle Andrés Quintana Roo.

Los servicios de emergencia locales acudieron a auxiliar a los heridos que al pasar de los días se contabilizaron en 132, y en un saldo trágico de ocho personas muertas, según el reporte oficial.

A la media noche del 15 de septiembre, el entonces gobernador visitó personalmente en el hospital a los afectados, solo para corroborar que las amenazas que días antes de esa fecha habían recibido, de voces anónimas a través los cuerpos de seguridad e inteligencia, habían sido cumplidas.

Las advertencias, según Godoy Rangel contaría meses más tarde al periodista Alejandro Almazán de la desaparecida Revista Emeequis, habían llegado a través de llamadas telefónicas, de fuentes allegadas a él, de emisarios misteriosos, advirtiendo que “algo terrible” pasaría en los municipios de Uruapan, Morelia y Lázaro Cárdenas, durante la ceremonia y en la verbena del Grito de Independencia.

El gabinete de seguridad del mandatario desestimó por todos los frentes las amenazas. Él mismo gobernante admitió que no creía que pasará lo que hoy es considerado el primer atentado terrorista de la historia moderna de México.

Nadie se imaginaba la magnitud de la tragedia, ni quién la perpetraría. Los enemigos eran muchos y los grupos criminales asediaban al estado pero los más visibles y fuertes en ese entonces eran Los Zetas, La Familia Michoacana, Los Caballeros Templarios y dos células pequeñas pero poderosas del Cartel del Golfo y el Cartel de Sinaloa.

El entonces Presidente de la República, Felipe Calderón Hinojosa, originario de Michoacán dio a conocer, el 26 de septiembre de ese año, que había tres detenidos por los acontecimientos del 15 de septiembre y los presentó ante los medios de comunicación como integrantes del cartel de Los Zetas.

Alfredo Rosas Elicea, Julio César Mondragón Mendoza y Juan Carlos Castro Galeana señalados, eran los responsables según se dijo de la autoría material e intelectual del estallamientos de tres granadas de fragmentación, en pleno centro de Morelia.

La entonces Procuraduría General de la República (PGR) omitió que también había girado órdenes de aprehensión, en contra de otros dos líderes criminales identificados como Heriberto Lazcano Lazcano, alias “El Lazca”, fundador de Los Zetas y de Jorge Eduardo Sánchez Costilla, “El Coss” lugarteniente del Cartel del Golfo, quienes fueron señalados por dos testigos protegidos, como autores materiales de los granadazos del 15 de septiembre del 2008.

El Lazca fue abatido en el año 2012 y, un mes antes, El Coss fue detenido; sin embargo, éste último se negó a declarar en el caso de los granadazos de Morelia, luego de que se le requiriera en el penal del Altiplano donde fue encarcelado por otros cargos; en 2015 fue extraditado a los Estados Unidos.

Los tres detenidos originalmente fueron puestos en libertad en el 2017, luego de haber permanecido en la cárcel por casi ocho años, tras comprobarse que ninguno de ellos se encontraba en el lugar del atentado el día de los hechos y que fueron obligados a firmar confesiones bajo tortura.

El abogado defensor de los tres inculpados, Raúl Espinosa de los Monteros, abogado de Alfredo Rosas Elicea, evidenció que Mario Arturo Acosta Chaparro Escápite, entonces consultor de seguridad de la Secretaría de la Defensa Nacional en el mandato de Felipe Calderón, fabricó junto con el cartel La Familia Michoacana y la PGR la detención de los tres inculpados, según consta en documentos oficiales.

A 12 años de distancia, no existe ningún detenido ni procesado formalmente por el atentado con granadas de fragmentación de la Plaza Melchor Ocampo, en Morelia, Michoacán.

De las víctimas y sus deudos solo un puñado de víctimas y familiares de deudos han logrado atención y pensiones desde la Comisión de Víctimas, pero la gran mayoría de los 132 damnificados se perdió en el tiempo y el dolor.

Por increíble que parezca, el 15 de septiembre del 2008 pudo haber sido peor

Geraldine Cázares Rubio estaba terminando de bañar a su hija cuando el teléfono sonó. Se trataba de una llamada para alertar que en el Centro Histórico había un atentado contra el entonces gobernador del estado, Leonel Godoy Rangel. “Hay balacera” decía la voz del otro lado del auricular.

Como pudo, Geraldine dejó a su hija bajo encargo y tomó un taxi para acudir al llamado. Era su día de descanso, pero su obligación como perito criminalista de la entonces Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) la obligaba a estar ahí.

La primera escena ante sus ojos fue la granada que había estallado escasos minutos antes, justo en contra esquina del templo de La Merced. Apenas se disponía a ayudar a procesar el cuerpo que ahí se encontraba, cuando recibió la indicación de desplazarse hacia plaza Ocampo.

“La instrucción era la de levantar cadáveres y lesionados lo más pronto posible, recuerdo que en ese tiempo estaba instalado un plantón del movimiento Antorchista y se negaban a retirarse, lo mismo pasaba con la gente que estaba un poco más alejada, tuvo que llegar el Ejército a dispersar a las multitudes”.

Acostumbrada a las escenas sangrientas, para Geraldine no le resultó extravagante tener que recoger un total de 12 dedos de pies. Con la adrenalina a tope, no se daba el tiempo para pensar en lo ocurrido, pues minutos después ya se encontraba haciendo un recorrido en los hospitales de Morelia para sacar fotografías de los lesionados y huellas dactilares.

Al día siguiente, regresaría a la escena de los granadazos para realizar la inspección y el trabajo criminalístico. Posteriormente, acudió a la explanada del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), donde estaba presente Leonel Godoy Rangel, todavía con cara de consternación.

“Ahí fue cuando me cayó el 20. Estoy acostumbrada a escenas muy sangrientas, pero ese no era el problema, sino que se trató de un ataque contra la sociedad civil, fue una de las pocas ocasiones en que me quebré y comencé a llorar, pensaba en que yo pude haber estado ahí con mi hija”.

A 12 años de aquella fatídica noche, Geraldine asegura que el recuerdo sigue fresco. Cuando pasa por la plaza Ocampo piensa en el por qué no hubo más muertos y lo explica: “El lugar en el que la granada detonó estaba cercado por unas jardineras y eso impidió el paso de los proyectiles; mientras que el segundo artefacto, estalló en el piso y no en el aire, por lo que las afectaciones fueron directamente a los pies”. Por increíble que parezca, el 15 de septiembre del 2008 pudo haber sido peor.

Gente corriendo en todos los sentidos impedía ver la magnitud del problema

“Yo estuve ahí”, recapitula Norma Angélica Ruiz Saucedo, paramédico de la Cruz Roja, al recordar la sorpresiva noche del 15 de septiembre de 2008.

“Nosotros estábamos afuera del Hotel Virrey de Mendoza porque desde antes hacíamos guardias en el centro, pero nos llamaron para atender un servicio en la colonia Primo Tapia”, menciona Ruiz Saucedo, quien agrega que a su retorno, cuando la ambulancia llegó a la altura de la Cruz Roja, se escucharon la primera de dos detonaciones de las granadas arrojadas en medio de la multitud.

“Pensamos que era parte de los juegos pirotécnicos… En el recorrido se empezaron a activar las alarmas de los radios que traemos y que estamos en coordinación con todas las corporaciones de emergencia; dijeron que había lesionados por cuetitos”.

En su relato, la paramédico expuso que su ingreso al Centro Histórico era muy difícil porque había personas corriendo e intentando salir de la sangrienta escena.

“El comandante nos dijo que había varios lesionados, pero no nos imaginábamos nada porque nos tapaba la vista la gente amontonada; cuando nos acercamos vimos mucha sangre, personas con el estómago dilatado; sin manos; amputaciones de dedos; pies dañados; no sabíamos que estaba pasando”, describió.

“La ciudad sola, triste, una sensación rara, llegamos y nos juntaron todos los paramédicos; había compañeros llorando, unos no entendíamos otros estaban en crisis. Nos encerraron y nos dijeron que no eran cohetes sino bombas las que explotaron en el Centro”, relató.

Norma Angélica Ruíz Saucedo en ese momento supo que su permanencia en la plaza Melchor Ocampo era de riesgo, pues en cualquier momento podría haber otra detonación

“Desde el 2008 hasta la fecha no se me olvida nada, minuto a minuto de lo que pasó, es algo que no se puede olvidar; de ver tanta gente tirada, paramédicos de otras corporaciones corriendo para ayudar”.

Después de lo ocurrido, los paramédicos y servidores públicos de Protección Civil tuvieron que capacitarse para los eventos masivos ante una posible amenaza más de este tipo.

A nivel de tierra en el 15-S 2008

A la “zona cero” del 15-S, el fotorreportero llegaría con su pareja después de manejar en motocicleta desde el surponiente de la ciudad. Esa noche él, junto al equipo de fotógrafos que coordinaba para el periódico Provincia, se habían reunido a “dar el Grito” mientras cenaban un pozole casero.

“Cuando estábamos aquí, nos avisan de lo ocurrido y salimos lo más rápido posible”, dice Gustavo Vega para este medio, al rememorar la noche más inolvidable del 2008, cuando “los granadazos” cimbraron el corazón de la cuna ideológica de la Independencia.

“La sorpresa fue cuando llegamos a La Merced y encontramos un primer muerto”, comenta solemne pues de esa manera los recibió el escenario “dantesco” que no esperaban encontrarse él y su pareja, al arribar al centro histórico “con miedo y zozobra”.

“Yo me fui a la plaza, pero cuál fue mi sorpresa de que, a pesar del tiempo en que nos avisaron del bombazo y en lo que llegamos ahí, todavía hallamos mucha gente llorando y corriendo”, dice sin olvidar a quienes auxiliaban a las personas heridas.

El dilema latente de ayudar o “reportear”, él lo resolvió sin detenerse “a pesar del shock”. Así son las arenas calientes del periodismo.

“Aunque no me tocó estar a la hora de la explosión, llegamos en cuestión de minutos y era muy triste ver que la gente y la propia autoridad no estaba preparada y no sabían qué hacer… todo aquello era un caos de personas, ambulancias y cuerpos de seguridad”, comenta al también evocar que después de la fuerte impresión, “uno comienza a preguntarse por los compañeros y familiares, para saber quiénes estaban ahí”.

A nivel de tierra frente a Palacio de Gobierno y sin conocer aún las fotos del rostro compungido que minutos antes mostrara el gobernador Leonel Godoy al dar “el Grito de Independencia”, a Gustavo lo marcó el confrontarse con la escena fresca, al punto de reconocer que “no se llega a dimensionar el acontecimiento, hasta que la calle se limpia de gente y se empieza acordonar”.

“Es preocupante que a doce años de un acto terrorista como éste, el Estado no tenga una respuesta todavía”, advierte.

Había risas, eran de nervios, ahora lo sé: técnico

Entre los espectantes estaba Rogelio Soto Ortega quien desde el techo de una unidad móvil de televisión vio a diez metros de distancia la agonía y dolor en aquella escena: la noche 2008.

Su trabajo en una televisora local lo llevó esa noche al primer cuadro de la ciudad. Le tocó cuidar esa noche la antena de transmisión que estaba entre los espectadores.

Rogelio relató que cuando comenzó el evento central de esa noche, su atención se dirigió al balcón central del Palacio de Gobierno, donde el gobernador de Michoacán, Leonel Godoy Rangel, exclamaba el grito de Independencia, con la réplica constante de los fuegos artificiales.

“Se escuchó un estruendo superior al de la pirotecnia, me hizo voltear a revisar la antena y sólo vi una nube de humo blanco que comenzó a desvanecerse, como cortina que se desvanecía y dejaba ver los cuerpos ensangrentados”, relata.

Para él, el momento fue de intriga, desconcierto.

“Había lamentos, gritos, había risas ahora lo pienso y me asombra, quizás eran ataques de nervios… De inmediato llegaron periodistas a echar foto, paramédicos, lo primero que vi fue a una señora de amarillo que minutos después le cubrieron el rostro”.

Esa noche la plaza estaba llena de gente que minutos, en “mi caso, fuimos los últimos en irnos, fue un miedo total”.

CON INFORMACIÓN DE DALIA MARTÍNEZ, VÍCTOR RUIZ, KARLA AYALA, JOSAFAT PÉREZ Y MARCO SANTOYO