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ice Gabriela Cano en su biografía sobre Elena Arizmendi Mejía: “La enfermería era una profesión científica y, al mismo tiempo, se sustentaba en un sentimiento cristiano de amor al prójimo. La identidad profesional de la enfermera se construía a partir de un discurso de género que exaltaba el desprendimiento y la autonegación como cualidades intrínsecamente femeninas.
“Formar enfermeras profesionales con conocimientos de higiene científica era un aspecto de la modernización de los servicios de salud emprendida por el gobierno porfiriano. El Hospital General, inaugurado en 1905, fue el primero en contar con un cuerpo profesional de enfermeras… La primera escuela de enfermería se estableció en ese hospital y a partir de 1907 se comenzaron a admitir estudiantes. El requisito de ingreso era que las jóvenes hubieran terminado la enseñanza primaria y contaran con al menos 14 años”.
La profesión apareció en México en el momento preciso: Elena, joven de “buena familia” que había huido de una madrastra de cuento y de un marido violentador, encontró como salida personal estudiar para ser enfermera. Fundó en 1911 la Cruz Blanca Neutral (porque la Cruz Roja estaba al servicio del gobierno de Díaz) para atender a los heridos de las batallas de la Revolución.
Con dos médicos (que luego, por machismo y envidia, la traicionaron), varios estudiantes de medicina y una veintena de enfermeras, que siempre le fueron leales, se trasladó al mayor campo de batalla (Ciudad Juárez), donde estableció los primeros hospitales de sangre de la historia de México, basados en las lecciones de Florence Nightingale en la guerra de Crimea y de Clara Barton en la Guerra de Secesión de Estados Unidos, a partir de las cuales se empezó a llamar a las enfermeras de guerras “ángeles de la batalla” o “ángeles de la caridad”… En 1911, un cronista llamó a Elena “un ángel de belleza y caridad” que dejaba a su paso “una estela de gratitud y bendiciones” entre los heridos y enfermos atendidos en el hospital de sangre de la Cruz Blanca Neutral.
La otra cara de la moneda: la profesión médica estaba casi totalmente dominada por varones y las enfermeras, todas mujeres, eran subordinadas a ellos, a veces incluso en el plano sexual. Y sin embargo, de manera colectiva, las mujeres que querían escapar de su posición subordinada tenían dos vías: ser maestras o ser enfermeras. Claro que hubo excepciones, pero eso eran, excepciones, como las periodistas, las espías o las generalas del magonismo y el zapatismo.
El carisma y voluntad de Elena la llevó a ser la jefa de la Cruz Blanca Mexicana a pesar de las mezquindades y egoísmos de los médicos, y la siguió en ese camino Leonor Villegas de Magnon, quien como Elena, era de familia acomodada y estudió en Texas, contrajo un matrimonio de conveniencia con un marido que siempre vivía lejos (en su autobiografía hay pasajes de clarísimo erotismo lésbico) y retomó la estafeta de Elena cuando ella estaba embarcada en conflictos jurídicos contra los médicos envidiosos. Dice Leonor en su autobiografía, en que se llama a sí misma La Rebelde:
“De la Revolución maderista surgió una mujer piadosa y caritativa: Elena Arizmendi, joven y bella, fundó una Cruz Blanca Neutral. Era una hermosa mujer que México debería de honrar, pues a ella se deben muchas obras benéficas. La Rebelde admiraba a ese ángel de la caridad, pero nunca pudo transigir con el adjetivo que calificaba a esa benéfica institución como neutral. Cruz Blanca Neutral se llamaba. Sólo me lo explicaba por haberse fundado en la capital, zona de peligro donde operaban y abundaban porfiristas y huertistas. La Rebelde abominaba el calificativo neutral.”
Mientras Leonor tomaba la estafeta, Elena se enfrentaba a las demandas de los médicos envidiosos (los argumentos de los médicos son del machismo de época). En esos conflictos, el abogado defensor de Elena, por recomendación de su gran amiga, doña Sara Pérez de Madero (otra mujer de la que hay que escribir), fue José Vasconcelos, quien en su Ulises criollo convertiría a Elena en Adriana:
“La boca de Adriana, fina y pequeña, perturbada por un leve bozo incitante. Unos dientes blancos, bien recortados, intactos, sobre la encía limpia, iluminaban su sonrisa. La nariz corta y altiva temblaba en las ventanillas voluptuosas; un hoyuelo en cada mejilla le daba gracia y los ojos negros, sombreados, abismales, contrastaban con la serenidad de una frente casi estrecha y blanca, bajo la negra cabellera abundosa. Decía de ella la fama que no se le podía encontrar un solo defecto físico. Su andar de piernas largas, caderas anchas, cintura angosta y hombros estrechos hacía volver a la gente a mirarla…” (estos y otros párrafos aún más eróticos serían censurados en la edición de las memorias de Vasconcelos en la muy católica editorial Jus).
El romance entre Elena y José duró hasta 1915, cuando se exiliaron a Estados Unidos (Vasconcelos traicionó a Villa y Zapata, pero Carranza también lo detestaba), y Elena tuvo el enorme valor de abandonar a ese otro hombre egoísta y posesivo, y empezar a hacer desde 1916 una nueva vida ya no como enfermera, sino como política feminista.
Por su parte, Leonor Villegas organizó en 1913 la Cruz Blanca Constitucionalista, creando brigadas para todos los ejércitos revolucionarios. Contó con el respaldo de Guadalupe Bringas de Carturegil en Sonora y de Luz Corral de Villa en Chihuahua, y de decenas de médicos y un centenar de enfermeras. En Chihuahua ya funcionaba, desde antes de la llegada de la Cruz Blanca, la Brigada Sanitaria de la División del Norte, con médicos, camilleros y 40 enfermeras. Este texto quiere ser también un homenaje a las y los profesionales de la enfermería del Issste y del IMSS, donde, por cierto, mi suegra (qepd) era trabajadora social.
